Crónica: Por una taza de café

Desde el pasado 1 de septiembre se levantaron la restricciones. La estudiante de Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, Tatiana Amorocho, reflexionó frente a una taza de café lo que esto significó.

ilustración Pixabay

Por Tatiana Amorocho Jaramillo
Estudiante PUJ-Cali
Especial para CBN

Finalmente llegó el tan esperado 1 de septiembre del 2020, una fecha que cada día parecía más lejana pero que arribó como una luz de esperanza de que las cosas podrían volver a la “normalidad”. Para muchos, este día significaba recuperar la libertad, una oportunidad para hacer las cosas que los hacían felices. Por esta misma razón, muchos madrugaron al aeropuerto o a la terminal. Otros buscaron qué restaurante estaría abierto para ir a almorzar. En cambio, yo estoy aquí, en la terraza de mi casa, sentada en el sofá envuelta en una cobija, observando los árboles cubiertos de la tenue neblina de la mañana, con una taza de delicioso café con leche, mientras pienso en por qué no estaba tan emocionada como los demás.

Tomo un sorbo. El calor recorre mi cuerpo y mi alma y mirando el paisaje sonrío. Ciertamente, admito que tengo la gran ventaja de vivir en Dapa, donde incluso entre las cuatro paredes de mi cuarto tengo un ventanal con vista a la naturaleza y puedo salir por la puerta de mi casa y aún estar a varios metros de cualquier persona, si es que hay alguna. Tengo espacio, un buen ambiente, y estoy alejada de todos y de todo. Quizás por eso no sentí la cuarentena, y ahora que acababa, tampoco sentía la diferencia.

Mis manos empiezan a atemperarse, por lo que incluso antes de tomar otro sorbo sé que mi café está entibiándose. Me remuevo en la cobija buscando calor y protección del viento frío que trae consigo la pregunta del millón: ¿no desearía estar en otro lugar el día de hoy? Me pongo a pensar y la verdad es que no extraño el cine, ni los restaurantes, ni siquiera los viajes, mi vida jamás fue así de movida. En este momento, la realidad para todos se reanuda, pero para mí no parece tener ningún llamativo. Tomo un último sorbo de café. Está prácticamente frío, al igual que yo. Mirando el paisaje, sonrió con ironía y sin darme cuenta pierdo la fuerza y la taza cae de mis manos. Es el sonido de la porcelana rompiéndose lo que me saca de mi ensimismamiento y aunque me molesta mi torpeza y me duele ver en pedazos mi tacita de gatito, agradezco que ya me hubiese terminado mi café.

Me levanto con pereza y por la escalera le pido a mi padre, que está haciendo aseo a la casa, que me preste la escoba. Mi madre sale de su cuarto, contiguo a la terraza, e inspecciona lo sucedido; asumo que aún está escuchando sus oraciones pues tiene puestos los audífonos, así que solo le sonrío apenada en forma de disculpa. Pasados unos segundos, escucho los pasos firmes y rítmicos de mi padre subiendo las escaleras seguidos de unos golpes intermitentes y cierto murmullo. Asumo que es mi hermano quien viene a recocharme el daño. Una vez todos arriba, tomo la escoba y el recogedor y empiezo a limpiar al coro de mi familia molestándome jocosamente por mi desastre mañanero. Una tenue sonrisa se escapa entre la comisura de mis labios. Y ahora, aunque recojo con algo de tristeza los trozos rotos de mi taza, cuando miro a mi familia conversar y sonreír, un sentimiento de paz y alegría recorren mi cuerpo hasta calentarme el alma. Una vez organizado mi pequeño desastre, le devuelvo la escoba a mi padre quien me alborota el cabello, mi hermano me sonríe y se retira con él, mientras mi madre me da un abrazo y un beso de buenos días y vuelve a su cuarto a seguir orando.

Ilustración Pixabay

Vuelvo a cobijarme y me recuesto en el sillón mirando de nuevo a los árboles, pero esta vez con una verdadera sonrisa, de esas que se escapan entre los labios aun cuando no lo quieres. Y la razón es que gracias al sacrificio de mi taza pude notar que efectivamente extrañaba algo de la “normalidad”. Me di cuenta que extraño ver a mis amigos, sentir su calor y cariño envuelta por unos segundos en sus brazos, la delicadeza de un beso en la mejilla, el amable gesto de compartir el agua en clase para luego irlo a llenar juntos, reunirnos en alguna casa para estudiar y terminar conversando más que nada. A mi mente vienen flashbacks de bellos momentos con quienes quiero, rayos de sol como los que empiezan tímidamente a adornar el paisaje de árboles entre los cuales ya se disipa la neblina.

Llega entonces un pensamiento inaudito y es que incluso extrañaba el MIO. Sin incluir las madrugadas, ni los horarios incumplidos, ni al atarván que nunca falta, sino a aquellas personas que hacían que el viaje valiera la pena. Las que me sonreían al cruzarse nuestras miradas, las que me extendían una mano e incluso me protegían cuando los demás empujaban, las que debatían sobre algún tema random sacado de un comentario en voz alta, las que por alguna razón me conversaban y me contaban su vida. No sé si es que tengo mucha suerte, pero me he cruzado con personas increíbles.

Me enderezo y me quito la cobija. Los rayos del sol empiezan a aumentar pintando de amarillo las hojas de los arboles danzantes al viento. Mi alma ya tranquila y mi mente despejada me renuevan la energía anteriormente perdida. Y aunque sé que mi cuarentena aún no termina, y que para recuperar aquello que extraño de la “normalidad” tomará mucho más tiempo, ahora siento que puedo ir a prepararme otra taza de café con leche y disfrutarla sin que esta se resbale de mis manos.

4 Responses to "Crónica: Por una taza de café"

Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.