El adiós con flores para los difuntos

Por muchos años, los vendedores de flores al borde de la Carretera Panamericana han sido la antesala de la despedida final para los difuntos en el Cementerio Metropolitano del Sur en Cali. La estudiante de Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, Valentina Londoño García, estuvo en ese pequeño mundo de colores.

Foto Valentina Londoño García.

Por Valentina Londoño García
Estudiante de Comunicación PUJ-Cali
Especial para CBN

Cuando me estaba yendo me di cuenta que en ese lugar el tiempo parecía pasar mucho más lento de lo normal, había un cambio de velocidades que se percibía al andar. Me encontré todo el tiempo parada en una línea divisora de dos realidades totalmente distintas, pero que a su vez lograban complementarse. Era como sentir la civilización y la barbarie por cada paso que daba en aquel límite entre la carretera y los puestos de vendedores de flores. 

¿Los puesticos tristes?

Junto a la vía Cali-Jamundí se encuentran los vendedores de flores, quienes la mayor parte del tiempo parecen ser ignorados y borrados por las elevadas velocidades de los carros. La vida de los civilizados pasa tan rápido que muchas veces ni notan la existencia de esos puesticos en mal estado.

Desde el carro se forma una barrera divisora y también una burbuja que nos aleja miles de kilómetros así sea que estemos a menos de un metro de distancia. La ventana del carro parece que deja de cumplir su función, pues ya no roba la atención de los pasajeros, sino que el celular y otras ocupaciones se quedan con el papel principal. 

Los puesticos de flores desde hace mucho tiempo están allí, pues el cementerio Metropolitano del Sur se encuentra abierto desde hace más de 80 años y por tanto las ventas también. Y aunque el mal estado de la “construcción” hecha de madera parece reflejar tristeza y abandono, lo que se vive en aquel lugar es todo lo contrario. Cada estación o espacio de venta no sólo representa toda una tradición, sino que trae consigo miles de historias y personas amables, llenas de carisma dispuestas a compartirlas. 

Foto Valentina Londoño García

Tal vez unos sean más tímidos que otros pero todos reflejan calidad humana y amor por la actividad que desempeñan. Quizás los puestos no sean los más elaborados o modernos, pero en medio de este caos o precariedad hay una riqueza única que evidencia el verdadero esfuerzo y lucha. Pues finalmente, en medio de la deformidad y la falta de materiales para su construcción hay un orden coherente que al final hace que cada uno de los puesticos tengan cierta similitud y armonía. 

Y a pesar de que todo se ve olvidado, un poco gris y decaído los vendedores, los ramos de flores e incluso las dedicatorias le dan toda la vida y color a aquel espacio de tierra que para muchos no tiene gracia. Pues cuando se vive de cerca, se conoce y se escucha los puesticos dejan de ser tristes y se convierten en rincones de felicidad.

Momentos previos

Era todo un reto para mí tener que pensar en un lugar del cual debía escribir, pues realmente no sabía con qué me podía encontrar. Fue casi una semana de pensar en donde me podría sentir cómoda pero también qué podía ser interesante tanto para mí como para quien fuera a leer lo que escribiera. No sé cómo logré llegar a la idea de ir a un lugar como el puestico de vendedores que solía ignorar tanto.

Siempre pasaba en carro por allí sin dedicar mucho de mi tiempo a divagar sobre el porqué de esos puesticos de madera en tan mal estado, llenos de ramos y dedicatorias para los muertos del Cementerio Metropolitano del Sur de Cali.  

Todo el tiempo pensé que mi visión del lugar era totalmente borrosa, pero finalmente descubrí que en mi subconsciente siempre estuvo presente aquel lugar que creía tan efímero o difuminado en mis recuerdos. Sin embargo, tuve un poco de miedo antes de llegar. Muchas posibles imágenes y sucesos que se podían dar en el momento de mi llegada cruzaron por mis pensamientos. La que más retumbaba en mi cabeza era el hecho de no ser bien recibida debido a que me disponía a observar y conversar en medio de un ambiente donde estaban asentados ilegalmente o invadiendo el espacio público. Tal vez podría parecer una amenaza para los vendedores y eso me incomodaba de cierta manera.

Foto Valentina Londoño García

El cambio de mirada

Cuando me bajé del carro el calor era infernal, pues el sol pegaba directo en la acera. El aire se sentía totalmente seco y el polvo que levantaban los carros al andar era increíblemente molesto para respirar. El ruido de la carretera y de la construcción que había al otro lado de la calle generaban sonidos ensordecedores que hacían que el lugar no tuviera ni el más remoto acercamiento a la idea de calma y paz. 

Al avanzar hacia el primer puesto la versión de la primera impresión cambió por completo, pues apareció el primer personaje que cambió radicalmente una perspectiva errada y superficial que tenía. Gracias a él el espacio se volvió más ameno y la buena vibra se empezaba a impregnar en mí.

Cristian

Cristian Fue el primero en acercarse a mí cuando llegué. Era un poco tímido pero eso no detenía su entusiasmo por venderme alguno de sus productos. Mientras le explicaba la razón de mi llegada sus ojos sólo apuntaban al piso con una pequeña sonrisa y se limitaba a responder que a pesar de su poco conocimiento iba a intentar ayudarme en lo que yo necesitara. Incluso se atrevió a decirme que si yo quería él podía enseñarme a hacer un ramo como los que tenía en los estantes de su pequeño puestico. 

Foto Valentina Londoño García

Cada una de las palabras de Cristian iba despertando en mí una sensibilidad inexplicable y a su vez una manera de comprender su realidad desde una perspectiva totalmente nueva y distinta a todo lo que se me cruzaba por la mente antes de bajarme. Pues en un principio pensé que sería mal recibida y el primer impacto fue que la situación se desarrolló de manera totalmente contraria. Realmente fue muy conmovedor que desde un inicio se prestara para abrirme su vida siendo un ser tan introvertido. 

Cristian tiene 32 años y desde sus cuatro años de edad tuvo que aprender del negocio familiar. Cortar cuerdas, amarrarlas e incluso clavar flores en una espuma verde se convirtió en la tarea diaria, mientras que otros niños usaban cuadernos, colores y pinturas. Desde ese entonces su destino se convirtió en pasar los días junto al puestico de madera en mal estado y en arreglar flores que pretendían adornar la muerte. Por mi parte el asunto me resultó bastante irónico, pues diagonal a la venta de flores se encontrara la Universidad Antonio Nariño con sus enormes edificios y una circulación elevada de estudiantes.

Tal vez los vendedores no lo comprenden o simplemente ignoran su situación y se resignan, pues todo lo que les rodea no es más que civilización, avance, construcciones, educación, tecnología, etc. Sin embargo, no se puede discriminar la venta de flores porque detrás de esos “puesticos en mal estado” que divisamos hay una realidad totalmente distinta que la velocidad y el ritmo de vida no le permite captar a los demás.

Dentro del pequeño espacio de Cristian y el de los demás lo que había y hay son historias, que a pesar de que evidencien una falta de oportunidades también hacen parte de toda una tradición familiar. 

Angélica 

Todos los días de la semana desde las 7:00 a.m. Angélica se encuentra puntualmente en su puestico heredado por sus padres. Desde hace treinta años ha permanecido fielmente en aquel pequeño lugar lleno de tierra seca y construcciones de madera improvisadas que le servían tanto de exhibición como de taller para la producción de sus productos. Cuando la conocí su sonrisa mostró al instante toda la amabilidad y carisma que la distingue. 

En ningún momento dudó en contestar alguna de mis preguntas e incluso me aseguró que le gustaría ver cómo quedaba mi escrito. A ella la percibía un poco más tranquila y dispuesta a contarme su historia. Su frescura me permitió preguntarle que si podía entrar a la parte trasera de su puestecito y sin dudarlo aceptó de inmediato. 

Al pisar al otro lado no sólo termine de ver las cosas en aquel lugar mucho más distintas de lo que me imaginaba, sino que también me sentí protegida detrás de esa madera quebradiza y vieja. Fue una sensación que jamás esperé sentir de aquel lugar y menos de una construcción tan precaria. Cuando miraba a mi alrededor todo estaba en orden en medio de su pequeño caos, el ruido se disminuyó por completo y ahora podía escucharla mucho más claramente. Yo pensaba que la burbuja sólo la tenían los carros que pasaban a elevadas velocidades pero al entrar a ese pequeño espacio descubrí que también ellos la tenían incluso más reforzada pero sin desconectarse de la realidad.

Cuando me detuve a ver en detalle algo llamó mi atención. Sus zapatos cafés, un poco rotos y desteñidos que reflejaban el esfuerzo y la lucha de una mujer disciplinada. En ese momento se me arrugó el corazón al darme cuenta del gran esfuerzo que implicaba mantener ese lugar a punto de colapsar. Saber que cada uno de sus pasos estaba marcado en sus zapatos no sólo causa respeto, sino admiración y más por una persona que no tuvo muchas oportunidades en su vida. 

Foto Valentina Londoño García

Mantener cualquiera de esos puestos de flores no resulta tan sencillo como parece porque a pesar de que siempre han estado allí ellos también han sufrido injusticias. Si bien lo que hacen ellos es invadir el espacio público y al conversar con Angélica esto también tenía muchos otros significados como es el abuso del poder. Años atrás policías quemaban su única oportunidad de subsistencia, les decían a las malas que debían irse y por tanto violaban muchos de sus derechos fundamentales. Afortunadamente, hoy en día existen medidas que permiten la protección de sus establecimientos aunque sean ilegales, pero esto no les quita el miedo e incertidumbre que Angélica expresa tener.

La construcciones y remodelaciones en la vía Cali-Jamundí tienen a la espera a muchos de los vendedores. Sin embargo, desde ya se están evidenciado consecuencias que los afectan directamente, pues muchos de los residuos o escombros los depositan junto a sus negocios y los dejan allí por bastantes semanas sin preguntar. Son una población vulnerable frente a un monstruo que no se preocupa por ayudar a los débiles y únicamente pretende defender sus intereses. Angélica me reitera repetidas veces el miedo que le tienen a la situación pues las flores han sido el medio que ha permitido sostener a su familia ya desde muchos años atrás. 

La realidad

Cuando vamos en nuestros carros no nos llegamos a imaginar que detrás de cada puestico de flores hay toda una tradición familiar, una historia de vida que clama y exige un auxilio. La rapidez de la sociedad nos vuelve cada vez individuos que poco a poco van perdiendo los valores reales. Lo material se convierte en lo primordial y todo pasa tan rápido que ignoramos los cambios, los pequeños detalles e incluso lo enorme que tenemos al frente. 

Los vendedores de flores se van quedando cada vez más obsoletos, detenidos en el tiempo y olvidados por la máquina que exige estar en constante evolución. Sin embargo, quien se detiene a mirar descubre que su cuestión no se trata de barbarie, sino de tradición y subsistencia. Se trata de una verdad que se encuentra borrosa ante los ojos humanos que van tan deprisa y descuidados de la verdadera esencia de la vida. 

Foto Valentina Londoño García

Al llegar al final de los puestos hago un recuento que me lleva por todo un viaje de experiencias. No sólo cambie una perspectiva, sino que desde ese momento decidí tener una mirada diferente. Fue un recargo de energía el escuchar a los no atendidos. Fue sentir carisma en donde pensé que no lo encontraría. Fue encontrar vida donde pensé que tampoco habría. 

Miro a mi lado izquierdo mientras me devuelvo a pasos lentos en el recorrido y ya no veo barbarie. Cuando miro al otro me doy cuenta que el caos ya no estaba de este lado, sino que la barbarie también hacía parte de la civilización.

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