Una máquina del tiempo en la Biblioteca Departamental

Un recorrido por la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero le permitió al estudiante de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, Juan David Gutiérrez Medina, volver al pasado y descubrir en una foto a una lejana antepasada suya.

Foto Juan David Gutiérrez

Por Juan David Gutiérrez Medina
Estudiante de Biología PUJ-Cali
Especial CBN

“Recuerden que Colombia no es porno”, decía uno de los cantantes de la ruta T31 del MIO mientras rimaba con la pista de Cali Ají del Grupo Niche. Doce años atrás, cuando el Masivo Integrado de Occidente no transitaba por las calles, mi padre, Jairo Gutiérrez, me llevaba a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero en su Renault Twingo modelo 96.

Mi corazón latía al compás del motor diésel del bus: son más de ocho años sin visitar el lugar donde conocí el cine, la lectura y donde mi papá me enseñó que el caballo se mueve en ele. Afuera, las palmeras de la calle quinta abrían paso a los nuevos grafitis, a los fantasmas de las palomas del Parque de las Banderas y al nuevo cantante de música cristiana del T31.

“Milagroso, abres camino, cumples promesas, mi Dios, así eres tú”, cantaba el caleño, acompañado de las palmas de algunos espectadores. Una voz femenina retumbó en los altavoces del bus, anunciando la llegada a la estación Manzana del Saber. Afuera, el sol inclemente azotaba el pavimento sin misericordia. Los buses, rugiendo a lado y lado, me daban la bienvenida a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero.

27 hirvientes escaleras, que no pisaba hace casi una década, separan una de las principales arterias de la ciudad de la biblioteca más grande de Cali. Desde arriba se logran ver el cerro de las Tres Cruces y Cristo Rey. Por suerte, los estragos de los incendios, consecuencia del verano rapaz que sufre la Sucursal del Cielo, no logran verse desde ahí.

El olor del aire acondicionado de la entrada me transportó más de una década atrás. Recuerdo la mano grande y áspera de mi papá guiándome por los rincones de la biblioteca. Recuerdo su pañuelo blanco empapado del sudor de su calva incipiente. Recuerdo sus manos debajo de mis axilas, cargándome para subirme a una de las sillas y poder jugar una partida de ajedrez. Pero, sobre todo, recuerdo que la biblioteca no era así.

Al frente me encuentro una exposición de fotografía histórica del Valle; a mi izquierda, en una parte de la biblioteca a la que mi padre nunca me llevó, una exposición del fotógrafo Arley Acosta; a mi derecha, unos casilleros para dejar las pertenencias, los cuales mi padre nunca utilizó, terco como siempre. Las paredes están más limpias y más blancas. Al fondo, el renovado Museo Departamental de Ciencias Naturales al que entré con mi papá.

Foto Juan David Gutiérrez

Eran las 10:20 cuando Danys Gómez, quien trabaja como portera hace tres meses en la biblioteca, chequeaba mi maleta con solamente una libreta de notas y un bolígrafo. Dejé mi maleta en el casillero número 68 y me dirijí a la exposición fotográfica del Valle del Cauca en los siglos XIX y XX. En las fotos se ve uno de los primeros vehículos automotores en llegar al Valle del Cauca y el sepelio de Jovita Feijoo; sin embargo, una foto tomada en Sevilla, donde nació mi padre, capta mi atención. La leyenda dice: “El filósofo de la montaña entre Diónenes Arboleda, Esneda Jaramillo, Fernando González y Blanca Herrea. Sin fecha”. Me picó el apellido y decidí acudir a mi padre. “Esneda fue una tía abuela mía”, me dijo al ver la foto que le había enviado por whatsapp. “Era la tía favorita de tu abuela. Se murió hace como cinco años”, me decía mi papá por el teléfono.

Tuvieron que pasar 65 años desde la inauguración de la Biblioteca Departamental de Cali para que Esneda saliera publicada en una de sus paredes.

El calor estaba presente en cada rincón de la biblioteca: las ventanas reflejaban cada rayo de sol y las materas lloraban silenciosas por una gota de agua. Tratando infructuosamente de huir del calor, decidí dirigirme a la exposición fotográfica de Arley Acosta. Entré al domo de la biblioteca, una de sus más nuevas estructuras; aquí ni el ruido es bienvenido. La soledad adornaba cada fotografía de los paisajes de Colombia: solamente desnudados por mis ojos espectadores. La exposición fotográfica como la naturaleza: nadie se preocupa por ella.

Eran las 10:50 del lunes 30 de septiembre y el bluyín empezaba a pegárseme a las piernas por culpa del sudor mientras observaba un atardecer samario, un flamingo, una medusa y unas palmas de cera. Diez minutos después decidí confrontar mi pasado y dirigirme al primer piso de la biblioteca, residencia de la Sala infantil y Juvenil, donde leí mis primeros libros; y la sala Multimedia, donde pasé muchos domingos de películas con mi papá.

La Sala Infantil y Juvenil llevaba más de diez años estancada en el tiempo: las mismas sillas, mesas y cuadros. Es como una fotografía inmortal, inmune al devenir que a mí me saca arrugas pero que a ella no le quita una molécula de polvo. Camila, la recepcionista, con su balaca, aretes pequeños y gafas, me dice que los estudiantes de primaria son los protagonistas de la sala. Además, pese a que solo lleva dos meses trabajando aquí, ha notado que hay un niño que siempre que viene selecciona el mismo libro: El principito.

A las 11:30 el olor a tinto inundaba la Sala Multimedia. En las mismas sillas donde hace muchos años veía La era del hielo, Shrek y Blancanieves; habían dos jóvenes viendo a Dominic Toretto robar un banco mientras hablan entre ellos. A su derecha, una profesora enseñaba Excel básico a un grupo de adultos mayores. Todo seguía igual. Todavía no sé si estuve en la Biblioteca Departamental o en Comala. Me sentía como Juan Preciado en busca de su padre.

Veinte minutos después, en el segundo piso de la biblioteca, donde acompañaba a mi papá a leer el periódico y la revista Semana hace más de diez años, bajo el murmullo constante del aire acondicionado, cuatro viejitos, todos con mocasines, gafas y canas, leían unos libros gigantes mientras tomaban notas. El viejito uno, Adolfo, leyendo el Diccionario de Dioses y Diosas, Diablos y Demonios, me contó que vive cerca, en el barrio San Fernando; por eso le gusta venir y leer sobre mitología y misticismo. Viene al menos una vez por semana.

Foto Juan David Gutiérrez

El viejito dos, Gustavo, dejó El Padrino a un lado para revisar su celular como su nieto le enseñó. Con sus cachetes iguales a los de Vito Corleone, me comentó que ese siempre ha sido su libro favorito. El viejito 3, leyendo la Gran Enciclopedia del Mundo, y el viejito 4, leyendo Historia Política de Colombia, esquivaron mis preguntas con una señal de manos que seguí de la mejor manera: yéndome hacia los demás pisos de la biblioteca

Arriba, en el tercer y cuarto piso de la biblioteca, donde mis pies infantiles nunca dieron un paso, habían tres estudiantes de la Universidad Autónoma de Occidente preparando una exposición de psicología, junto a tres chicos, cada uno en su computador: uno inscribiéndose al ICFES, otro viendo Los caballeros del Zodiaco en Youtube y el último chateando en Facebook. Ninguno se percató del profesor de química calificando exámenes, ni del joven con audífonos leyendo la novela gráfica de Frank Miller, Sin City 2.

Las baldosas del piso separaban lo nuevo de lo viejo: las amarillas, desteñidas por el paso de los años, daban paso a unas más grises, a la espera de nuevas pisadas ansiosas por conocer la biblioteca. La cafetería de la biblioteca seguía vendiendo los mismos dedos de queso, pero 500 pesos más caros. El menú del día anunciaba un “arroz con hígado en bisté”. Sin embargo, decidí probar uno de los dedos de queso. El sabor, estático en el tiempo, inundó mi paladar.

El sol, en su punto más álgido, enceguecía mi visión al salir de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero. El tráfico estaba más estridente que nunca. Me monté en otro T31, alejándome lentamente del lugar donde conocí el olor a libro guardado, mientras escuchaba cómo una señora vendía galletas para pagarse la operación de un tumor protuberante en su cuello. Aquel horno azul con ruedas no podía quitarme la sonrisa del rostro después de haber visitado el lugar donde, en muchos años, cuando mi padre no esté a mi lado, lloraré abrumado por los recuerdos que comparto con él.

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