Una beca rescató el sueño de José Mariano de ser arquitecto

Este joven, ayudante de construcción, residente en el barrio Llano Verde, es uno de los 80 estudiantes que la administración del Maurice Armitage beneficiará al entregarle una beca completa y auxilio financiero semestral para adelantar sus estudios de educación superior en la Universidad del Valle, gracias a la gestión del programa Becados para el Progreso.

Foto Alcaldía de Cali

Con 18 años, apenas cumplidos, este becario de la ‘rusa’ habla de sus sueños y sobre lo que quiere para su familia, como si hubiera empezado a ser adulto desde los diez años; aunque acepta que la beca otorgada le llegó de manera sorpresiva, no titubea al momento de decir que este apoyo es una recompensa después de tantos golpes que la vida le había dado tanto a él como a su familia.

Tiquete a la Sucursal del Cielo

Llegó a Cali en plena víspera de navidad del año 2010, exactamente al barrio Marroquín. Huyendo de la violencia que vivía el Cairo, Valle del Cauca, en aquel momento, viajó con su madre y sus hermanos para buscar refugio en la casa de sus abuelos maternos que ya llevaban una buena temporada viviendo en la capital vallecaucana. Con un tono que refleja la tristeza por lo padecido, cuenta que ese día solo alcanzaron a empacar cinco mudas para cada uno, aparte de lo que traían puesto, lleno de sudor y todavía con el olor del pánico provocado por las amenazas que los hicieron salir de lo que hasta ese día había sido su tierra.

“Cuando llegamos acá lo único en lo que pensaba era en poder entrar a estudiar, llegamos a casa de mis abuelos, era un 24 de diciembre, no nos faltaba nada, pero, por otra parte nos faltaba todo. Mi mamá tuvo que ponerse a trabajar haciendo oficio en casas porque es lo único que sabía hacer, a ella no le quisieron dar estudio porque no había forma de pagarlo y por eso no aprendió ni a leer ni a escribir, éramos personas del campo”, recordó José Mariano.

El joven agregó: “Tuvimos comida gracias a mi abuelo, él siempre fue muy atento con nosotros, nos dio techo y pagaba los recibos porque trabajaba de vigilante en la Santa Elena. Me tocó esperar tres meses para entra a estudiar porque no había casi cupos, eso me hizo atrasar un año”.

José Mariano seleccionaba cada palabra que decía, como evitando revivir aquella “villana” nochebuena del 2010, momento indeleble en el que, además de abandonar su casa, tuvo que desprenderse de uno de sus familiares; por culpa de una vieja pelea con la mamá de José Mariano, su abuelo no permitió que Eduardo*, su hermano mayor, se quedara en la casa durante la primera navidad que pasaban en Cali como familia.

Obligado a superar el suceso con su hermano, y considerando que solo el hecho de ser víctima de la violencia ya es un capítulo que marcará profundamente su carácter, el todavía niño José Mariano, desde el principio tomó su llegada a Cali como la oportunidad perfecta para cambiar su historia y la de su familia, determinación que fue madurando a lo largo de estos más de ocho años, dedicándose al estudio de manera consagrada y convencido de que ninguna adversidad volvería a truncar sus anhelos, aun sabiendo que había llegado a esta ciudad en una época en la que difícilmente se podía soñar; aquel año 2010, había sido testigo de una masiva llegada de desplazados a la capital vallecaucana, no sólo por el conflicto armado de orden nacional, sino, también, por la temporada invernal que afectó al Valle del Cauca y a departamentos aledaños.

Estudiar para vivir

En cuanto a cobertura educativa, los cupos de educación gratuita del 2010 no eran ni la mitad de los que hay actualmente disponibles en Cali, pero, eso no fue impedimento para que José Mariano continuara con sus estudios. En el 2011, logró matricularse en la IEO Nuevo Latir, colegio al que logró adaptarse fácilmente gracias a sus dotes naturales para llevar con agrado la vida escolar y a una actitud valerosa que lo blindó del matoneo, ante situaciones como estar un año atrasado y por su condición socioeconómica.

“Cuando entré a estudiar acá no me costó adaptarme a lo académico, pero, sí me costó mucho adaptarme al ámbito social, a mí me humillaron muchas veces, se burlaban de mis zapatos ‘Venus’, porque estaban rotos en las puntas y percudidos, tan viejos que de tantas lavadas, ya habían perdido el color. Pero era los únicos que tenía para ir a estudiar, esos zapatos los tuve así dos años, hasta les echábamos betún aunque eran de tela, hasta que mi mamá me pudo comprar otros”, relata el becario.

Sin embargo, a este joven el bullying no lo afectaba trascendentalmente; no niega que en ocasiones le dolían las ráfagas de desprecio, pero sus prioridades lo llevaban a restarle a importancia a estos asuntos entre imberbes.

En esa fuerza interior y en sus convicciones férreas radica que haya mantenido un alto rendimiento académico durante todo el tiempo de sus estudios escolares, sobresaliendo siempre, no sólo entre sus compañeros de clase, sino también a nivel institucional. Decidido a brillar con luz propia, la vida le seguía probando el carácter a José Mariano: a mitad del bachillerato se trasteó de Marroquín a  Llano Verde, un barrio, también del oriente de Cali en el que reintegrados de grupos armados, víctimas del conflicto y familias reubicadas de asentamientos informales, conviven con la ilusión de superar la vulnerabilidad y reorientar su proyecto de vida hacia el progreso.

Fue en este barrio, en el que José Mariano Martínez Ríos recientemente se convirtió en noticia, es allí en donde desafió al destino y le ganó la partida. Terminó su bachillerato finalizando el 2018 y, además de graduarse con honores, obtuvo el mejor puntaje de su institución en las Pruebas Saber 11, o examen del Icfes, como algunos de la generación de los ochenta aun le llaman.

349 sobre 500 fue el puntaje que alcanzó. Cuenta con sonrisa canchera que creyó que de inmediato lo iban a llamar de todas las universidades, sabía que había obtenido un muy buen registro, pero ninguna universidad lo llamó. Pensó que su puntaje le iba a dar la calificación para ingresar al programa del gobierno ‘Ser Pilo Paga’ o al recién lanzado por el Gobierno Nacional ‘Generación E’, pero de allá nunca lo llamaron. “Yo consulté si de allá me podían ayudar, pero me dijeron que eso había cambiado y que había que esperar”, cuenta José Mariano.

En una de las 4.319 casas de la Urbanización Llano Verde de Cali, vivía un joven flaco, aún con cara de niño, que había logrado un puntaje altísimo en las pruebas de Estado, pero para quien, hasta este momento, ello no le había representado nada que le augurara que le podría dar vuelta a su futuro.

Días después de su graduación resolvió que le tocaría aplicar la curtida fórmula: trabajar y estudiar. Esa yunta se convirtió, entonces, en la herramienta de vida para alcanzar sus sueños y mejorar las condiciones de su familia. Su objetivo seguía intacto y ahora había tomado forma; estudiar arquitectura fue su decisión.

Pero una cosa era lo decidido y otra, lo que el presente le ofrecía. En la segunda mitad de 2018, José Mariano alcanzó la mayoría de edad. Ahora no sólo tenía cédula, sino que, luego de terminar sus estudios en el colegio, debía aportar para el sustento en su casa.

No tardó mucho, dice. Exploró las vacantes disponibles y al cabo de una semana de búsqueda,  empezó  lo más cerca posible a su gran sueño: José Mariano ahora era ayudante de construcción. Sí, aquel “pelao” de los 349 puntos en las Pruebas Saber 11, ahora revolvía mezcla, cargaba ladrillos y bultos de cemento, picaba bloques, todo con un objetivo: construir su futuro y ello empezaba con la consecución del dinero para inscribirse en la Universidad del Valle y buscar la oportunidad de ingresar a la Escuela de Arquitectura.

“Me inscribí en Arquitectura porque era mi sueño, con la ayuda de los papás de mi novia y lo que había logrado reunir pude hacerlo, porque sabía que el puntaje me alcanzaba. Pero, luego dije: ¿yo en qué estaba pensando cuando me metí en arquitectura? La situación económica no nos da, ya habíamos planeado que yo dejaba de trabajar para empezar a estudiar”, dijo.

Pero una llamada, inesperada, por demás, cambió el rumbo de este edificio de ilusiones. “Cuando me llamaron de la Alcaldía de Cali para decirme que había ganado la beca completa fue como si me hubieran regresado el aire, fue un respiro porque realmente no sabía cómo iba a hacer para estudiar eso, esa es una carrera que demanda mucho y pensar en eso no me dejaba ni dormir tranquilo”, explicaba José, visiblemente emocionado al recordar aquel transformador instante de su vida.

Ese diciembre de 2018 fue totalmente diferente al vivido por José Mariano hace más de 8 años, cuando llegó a Cali: en esos primeros días del mes recibió la llamada de la Secretaría de Educación en la que le comunicaron que el alcalde Maurice Armitage le otorgaría una beca completa para costear sus estudios de arquitectura en la Universidad del Valle y, además, que recibirá un auxilio de $1.800.000 semestral para alimentación, transporte y gastos generales de la carrera mientras alcanza su grado como profesional.

“Esta es una gran ayuda para mí y para mi familia, esto no solo me va a cambiar la vida a mí sino también a mi familia. Para mí lo más importante es progresar, y el tema económico es muy importante. Lo que yo más quiero es cambiarle la vida a mi mamá, si uno es consciente de la situación precaria de uno, creo que el objetivo diario de uno deber ser cambiar esa situación, siempre buscar lo mejor, eso es el progreso. Si a mí no me dan esta beca, tal vez, no hubiera podido estudiar o hubiera sido muy complicado poder terminar una carrera, ahora sólo tengo que darle duro al estudio. Esto es como un niño que va caminando, se cae y llega alguien para ayudarle a pararse, sin lo económico, es difícil aprovechar el estudio, es la realidad de nuestro país, pero acá somos un grupo de muchachos que debemos aprovechar esta oportunidad para que esto también se le entregue a más jóvenes”, sostuvo José.

Esta entrevista con José Mariano se realizó en el patio de su casa, una construcción de 48 metros cuadrados en los que viven su mamá, sus dos hermanas y su hermano mayor, quien, finalmente regresó al núcleo familiar. Explorando su vivienda encuentro que el joven duerme en una especie de cambuche improvisado de menos de un metro de ancho, debajo de unas escaleras que llevan al segundo piso del lugar que habita con su familia, fue, en ese punto, en donde terminamos de conocer al becario de la ‘rusa’, el joven que explicó cómo es que entre más pequeña e incómoda la cama, más grandes son los sueños y las ganas de realizarlos.

Fuente: Alcaldía de Cali / Mauricio Fernando Muñoz Ospina

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