Tras bambalinas, el Festival de Ballet impuso el paso

Entre una maraña de cables, luces, andamios y malacates, operarios de sonido y coordinadores de montaje probaban, desbarataban, medían, ajustaban y repetían una y otra vez el mismo ritual. Harold Ordóñez se rascaba la cabeza. Cuando no era una cosa, era la otra.

Foto Alcaldía de Cali

Eran las 2:00 de la tarde del sábado 9 de junio del año 2018 y la ciudad se alistaba para asistir a la inauguración del XI Festival Internacional de Ballet en la plaza de toros de Cañaveralejo de Cali. Los muchachos seguían en ajustes, hasta que la coordinación de los encargados de la tarima, el juego de luces y la nitidez del sonido, quedó al 100%.

Ya se disponían a almorzar, cuando de repente se soltó un chaparrón de agua que los hizo enmudecer y les quitó el hambre. Harold se volvió a coger la cabeza, se enroscó la moña y miró hacia el cielo como queriendo agarrar a San Pedro del pescuezo.

La arena del coso de Cañaveralejo se volvió un lodazal. Los pasillos, callejones y andenes se inundaron. El agua daba a las canillas. La tarima estaba empapada y el viento derribó pendones y pancartas. El personal de aseo y mantenimiento se armó de plásticos, escobas, trapeadores y máquinas de aire para secar la pista y los camerinos.

Micky Espuma, director de todo el montaje externo donde sería la presentación de la compañía española  ‘La Fura dels Baus’ para cerrar el evento, tampoco quitaba su vista del cielo, no para recriminarle a San Pedro, sino para ver su pluma grúa de 30 metros de altura de donde penderían 42 jóvenes de la compañía ‘Circo para Todos’ homenajeando a Gabriel García Márquez y a Maritza Papa con su ensueño acrobático ‘Un sueño blanco en el aire’. Las cuerdas para formar la red, seguían allí  a pesar de los truenos y relámpagos. Eso lo tranquilizó.

A su lado estaba el coreógrafo del evento, Jack Croquet. Le preocupaba que los 80 niños de Incolballet que se alistaban para hacer la danza del Rey David, se fueran a quedar vestidos. Era la gala para bailar con  el corazón, para difundir la paz a través de la danza. Repetía una y otra vez: “La justicia y la paz se abrazarán  y el amor y la verdad se besarán”. A pesar de ser francés de nacimiento, con un acento entre mexicano y venezolano decía: “Órale vale, no le puedo fallar a Gloria. Hace 20 años trabajo con ella, desde cuando me contactó para que le montara La María, de Jorge Isaacs. Esta pinche lluvia no nos detendrá, pues”. 

Más tranquilo, pero con cara de angustia estaba Jimmy Gamonés, del Ballet Nacional del Perú. Sus siete pupilos estaban listos para ejecutar las ‘Recitaciones de una noche de verano’, pero él se sentía como Rasu Ñiti en su agonía, preparando el ritual religioso al borde de la muerte, anunciando que estaba preparado para realizar la danza de las tijeras y por ello se vestía con los atuendos luminosos de danzante, a la espera que la lluvia no le dañara el montaje.

El frío comenzaba a hacer mella en los bailarines. Los 21 integrantes de la compañía La Real, de España, no paraban los ejercicios de calentamiento para desafiar la lluvia que no cesaba. Con sus zapatillas tricolores de espuma, felpa y algodón, Alicia Pajuelo se protegía hasta las rodillas. Ella era parte de la coreografía del mosaico barroco, esa danza española que mezcla lo estilizado y lo banal, para darle paso nada más y nada menos, que al folclor de Galicia.

Ella no era la única encalambrada. La caleña Laura Moreno, de la Compañía Colombiana de Danza Contemporánea de Incolballet, bailarina profesional nacida en el barrio Los Andes, quien vivió su vida colegial en el Mayor Alférez Real y acostumbrada al clima de la Sultana del Valle, también requirió de los servicios de las fisioterapeutas. Recordó sus primeros pasos en la escuela de salsa El Manicero y su llegada a Incolballet, donde se convirtió en una de las mejores exponentes del baile contemporáneo gracias a la naturalidad de su cuerpo, que la ha llevado a los grandes escenarios de Cuba y Surinam.

Su maestro y director de la Escuela, Arlay González, sabía que pese al temporal los 12 bailarines titulares y los tres aspirantes a ingresar, darían lo mejor de sí. Ya habían preparado una obra francesa con la temática del mal vivir de la juventud, precisa para la ocasión, ya que su propósito era mostrarle al mundo la identidad de la cultura caleña a través de la danza, llueva, truene o relampaguee.

Bajo la carpa que servía de refugio, Isabel Cristina Ruiz Loboa, una quinceañera que hace siete años baila en Incolballet, estaba de relax. Para ella, la lluvia era algo pasajero, el frío algo superable y la ansiedad de salir a escena, algo natural. “Para mí, la danza es tranquilidad, es paz, una forma de llegarle a la gente de una manera correcta, por eso esta cuarta participación que haré hoy, será un éxito”, dijo con una pasmosidad asombrosa.  

De un momento a otro, tal como empezó… la lluvia cesó. El cielo abrió. Operarios, sonidistas y logística volvieron a escena. Las manos arrugadas y adoloridas de escurrir trapeadores, descansaron. Harold sonrió y se recogió la moña. Micky aplaudió, Jack brincó emocionado, a Jimmy le dio lo mismo. Alicia, Laura, Arlay e Isabel Cristina apuraron sus rutinas.

Y por allá, mirando de reojo y camuflada con su traje negro, la maestra Gloria Castro en su papel de directora y responsable de la XI versión del Festival de Ballet, esbozaba una leve sonrisa como diciendo: “Esta es una experiencia más de las muchas que hemos vivido. La vida está llena de tropiezos, pero siempre salimos adelante y hoy tendremos Un sueño blanco en el aire”.

Y fue así. Todas las presentaciones estuvieron impecables. El crédito local, Óscar Chacón y su esposa, danzaron como los dioses. Las compañías internacionales se sentían como en casa. Los de casa, levitaban. Y los cientos de asistentes, que aplaudían impacientes para que la función empezara, no tenían ni la menor idea que para esas dos horas de gloria escénica que tenían ante sus ojos, muchos fueron los sufrimientos y angustias que se tuvieron que vivir.

Fuente: Alcaldía de Cali

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