Dos horas cerro arriba

Siempre hay una primera vez para todo y la estudiante de Comunicación María Alejandra Otero narra como fue que venciendo un día gris subió al Cerro de las Tres Cruces, una materia que algunos caleños tienen pendiente.

Foto de María Alejandra Otero

Por María Alejandra Otero Olave
Estudiante de Comunicación PUJ-Cali
Especial para CBN

Era una mañana fría de domingo cuando el despertador sonó exactamente a las 5am. Abrí los ojos de par en par y sentí como el frío recorría todo mi cuerpo. Estaba arrepintiéndome de haberme comprometido con mi novio a madrugar a hacer ejercicio al Cerro de las Tres Cruces. Era la primera vez que iba a subir. Me siento en la cama y cuando miro por la ventana caigo en cuenta que aún está oscuro. Me levanto, miro mi cama desde la esquina de mi cuarto y siento como esta me llama para volverme acostar.

En el aire se sentía la humedad de la brisa mañanera. Quizás llovió la noche anterior, pero no lo recuerdo. Tengo la ventaja de tener un sueño muy pesado, aunque a veces eso puede jugar en mi contra. Fue muy difícil despertar debido a que había pasado por una larga y complicada semana en la universidad. Quería descansar, dormir todo el día, pero ya era muy tarde para arrepentirme.

Me tomé cinco minutos de reflexión pensando en las posibles excusas para no tener que ir, pero fue el timbre del celular el que me sacó de mis pensamientos. Era Carlos, mi novio, informándome que en 30 minutos me recogían. Miré la hora en el celular y me sorprendí al darme cuenta que estuve perdiendo el tiempo y pasé 20 minutos pensando alternativas para evadir mi compromiso.

A las 5:30 a.m, entré a la ducha con el temor de que el agua estuviera helada, y así fue. Me bañé lo más rápido posible, porque realmente estaba tiritando del frío y a las 5:35 salí corriendo a vestirme antes de que la brisa del patio me alcanzara. Al entrar a mi habitación, enfoqué mi atención en el closet donde tenía múltiples opciones de ropa deportiva para vestir ese día. No suelo hacer mucho deporte, así que la mayoría de mi vestuario atlético es relativamente nuevo. Después de cinco minutos opté por una licra negra larga, una blusa naranja fluorescente sin mangas y aunque no suelo usar ese tipo de colores, creí que era la que mejor se ajustaba a la ocasión y unas zapatillas nuevas, que además me quedaban un poco flojas.

Suelo demorarme mucho en vestirme y más a esa hora de la mañana. Me tomó 15 minutos vestirme, ya que cada acción la hacía con pereza. A pasos lentos proseguí a desayunar y cepillarme los dientes. A las 6 a.m en punto, escuché la bocina del carro, en el que se encontraban Carlos, el hermano, su esposa y un amigo. Todos estaban muy energéticos, alegres y súper despiertos. En ese instante sentí vergüenza que fueran a pensar que yo era demasiado floja y que iba a ser incapaz de escalar el cerro, debido a que las ojeras en mi cara delataban mi sueño y cansancio.

Salí de mi casa. Cerré la puerta y vi como poco a poco la luz del sol empezaba a alumbrar con todo su esplendor y cientos de aves comenzaron a volar y trinar por el cielo azul. Estaba despejado y la brisa estaba muy fresca. Sentía que iba a hacer buen clima. Subí al carro, saludé a cada uno y me acomodé en la parte trasera junto a Carlos y al amigo. En vez de conversar como lo hacían todos, yo solo quería dormir, pero al mismo tiempo temía dejar una mala impresión con mi cuñado que apenas estaba conociendo, así que cambié mi actitud y preferí soltar una que otra palabra y responder a las pocas preguntas que me hacían.

Cuando todos se quedaron callados, me dediqué a observar por la ventana la naturaleza que se encontraba a mi alrededor. Lo que más amo de viajar en carro es prestar atención a lo que sucede más allá de la ventanilla. En el paisaje se evidenciaban los altos árboles, las flores de diversos colores que embellecen todo donde quiera que se encuentren, las montañas cubiertas en gran parte por las nubes que adornan el panorama y de un momento a otro mis pensamientos fueron interrumpidos por una voz que me preguntaba si me encontraba bien. Era Carlos, me notaba muy distante, pero yo insistía en que era una combinación entre sueño y cansancio.

Foto María Alejandra Otero

Después de 40 minutos de camino, llegamos al oeste y solo admiraba lo ágil que era Diego, el hermano de Carlos, que estaba manejando porque yo sería incapaz de parquear un carro en una pendiente. Por mi mente pasaba la imagen de yo intentando eso, pero como soy de “bueñuela” el carro se devolvía y se golpeaba contra los otros. La sola idea me causaba gracia, pero a la vez temor. Al llegar me di cuenta que íbamos con otras personas que venían en otros vehículos, por lo tanto, éramos un grupo grande de diez. Cuando empezamos a subir pude observar desde abajo que, a mayor altitud, mayor dificultad.

Cuando empezamos a subir noté que era muy inclinado, pero estaba pavimentado así que me tranquilicé pensando que la mayoría del camino era así. Sin embargo, cuando llegué a la parte rocosa ya estaba agitada, pero quería manifestar fortaleza, entonces me hice la que tenía toda la energía, cuando era todo lo contrario.

Pasados 30 minutos el camino se hacía más rocoso e inclinado. Mi preocupación era resbalarme y golpearme la cabeza con una roca, pero con la ayuda de Carlos, pude resistir hasta que en un momento sentía que me empezaba a marear, de modo que, para evitar accidentes le pedí a mi novio que paráramos por un momento. Nos quedamos atrasados del resto del grupo. Me senté en una banca, al lado de un puesto de frutas, y solo me preguntaba como hacían las personas que tenían esos puestos allá arriba, cómo cargaban cada fin de semana la cantidad de frutas que vendían, pero gracias a que estaban allí, pude comer un banano que me dio potencia para seguir el recorrido.

En un lapso de cinco minutos continúe con toda la motivación posible. A medida que iba llegando, el panorama se volvía más bonito. Las casas y edificios de la ciudad se veían más pequeños y lo que más resaltaba era el estadio Pascual Guerrero, en el que de forma jocosa, mi novio bromeaba de que me iba a tirar y después me iba a ir a recoger de allá.

Para ese entonces, no había dirigido mi mirada al frente, sino que solo me enfocaba en cada paso que estaba dando. Cuando lo hice, mi cara de sorpresa lo decía todo. El camino se iba a hacer más difícil y cuando creí que estaba llegando, me di cuenta que todavía faltaba medio camino. Pero, ya estaba resignada a continuar y tratar de llegar lo más rápido posible para así poder descansar. En el momento que el camino, además de inclinado y rocoso, se estaba tornando estrecho al pasar, escuché un golpe y al mismo tiempo un grito. Era la esposa de mi cuñado, quien por dar un mal paso, resbaló y se raspó ambas rodillas. Ese había sido mi mayor miedo, y ahora lo estaba viendo en otra persona. Del grupo que venían con nosotros y personas que estaban a mi alrededor se asustaron bastante al creer que había sido algo peor, aunque ella se notaba calmada. El grupo de paramédicos llegó a los 10 minutos y en eso ya había mermado la sangre y se había lavado con agua.

Diego y su esposa no continuaron el recorrido, ya que iba a ser casi imposible para ella concluirlo. Nos tomó alrededor de dos horas llegar al final y con toda la sed del mundo, para encontrarnos con una inmensa fila donde vendían los jugos. Me resigné y decidí solo tomar del agua que había llevado y comer algo de sal para estar bien al momento de bajar. Mientras esperábamos a que todos llegaran, Carlos se puso a hacer barras y abdominales y yo solo me preguntaba donde le cabía tanta energía a ese hombre. Yo me senté y de lo cansada que estaba, no me paré en ningún momento ni para tomar fotos. Estas las tomé cuando ya íbamos bajando. Y si pensaba que la subida era horrible, la bajada le decía quítate. Pero fue cuando aproveché para tomar unas lindas fotos del paisaje y de mi misma. 

En este recorrido nos demoramos más, aproximadamente tres horas, y cuando llegamos al carro, caí en un profundo sueño hasta que llegamos a mi casa, para seguir durmiendo. Tenía un sueño infinito. Increíblemente, pude concluir algo que no creí ser capaz de hacer nunca.

 

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