Una taza de café y dos cucharaditas de dulce

Los lugares están asociados a recuerdos y pensamientos. Aquí una historia inspirada en un sitio ubicado en el Bulevar del Río.

Foto de Luisa Cubides Madroñero

Por Diana Estefanny Arce Leonel
Estudiante de Psicología PUJ-Cali
Especial para El Espectador 

-¡Venga, juega! ¡Venga, juega!- decían dos personas invitando a otro a jugar ajedrez.
-No, ya es muy tarde. Mañana- responde un hombre de camisa a cuadros en tonos de azules y con cabellos blancos que sale y pasa por mi lado. Me tomaba un café en la mesa contigua a la que él estaba.

Hace dos meses y quince días, en víspera de navidad, no por elección sino por cuestiones del azar, estuve en el mismo lugar y en la misma escena, tomando un café con tres amigos, una mujer y dos hombres. Un hecho poco convencional para la época.

En ese entonces, empezamos a buscar la entrada, pues es de esos lugares ubicados en el segundo piso de una edificación, cuyo ingreso no se identifica a simple vista. El anuncio del café nos llamó la atención, pues era una noche lluviosa y nuestros cuerpos mojados empezaron a añorar alguna bebida caliente.

El lugar se destacaba por la figura de una taza de café en el exterior, adornada con luces alrededor; muy provocativa cuando se ha estado bajo la lluvia. Al entrar al lugar nos encontramos con unas escaleras cortas, de siete escalones en un principio, y al girar dos veces a la izquierda otros trece. Si se logra llegar al segundo piso, las personas pueden girar de nuevo a la izquierda y se encontrarán con dos antiguas cafeteras.

En las cuatro paredes del lugar colgaban cuadros con información de jugadores de ajedrez y en una de ellas un reloj, que en comparación con el mío estaba atrasado cinco minutos, o quizás era yo la adelantada. Cada mesa dispone de unas cuadrículas de ocho por ocho, con los colores blanco y negro alternados.

Todo esto generó un ambiente acogedor, que nos conectaba con la imaginación y el surgimiento de preguntas, como si en el lugar hubieran historias capturadas. Los pisos, las sillas, las mesas, el reloj; las fichas de los que juegan ajedrez, el rey, la reina, las torres, los alfiles, los caballos y los peones, y hasta el mismo aire, encerraban vivencias de antaño dignas de ser contadas.

-Siento que alguien murió en este lugar, ¿ustedes no?- dijo de repente mi amiga Ingrid en tono misterioso.

-Deje la bobada- expresó uno de mis compañeros con risa burlona.

Mientras yo esbozaba una sonrisa, me dijo:

-Diana, acompáñeme a preguntarle al señor que está allá- señaló con sus ojos hacia el lugar de las cafeteras, donde se encontraba el sujeto que nos sirvió el café-.

Sin palabra alguna me levanté y los dos chicos murmuraron:

– Ustedes están locas.

Ingrid se caracteriza por ser extrovertida, por no quedarse con la duda. Cuando nos dirigimos hacia el objetivo, que quedaba a unos doce pasos, me susurró:

-¿Cómo le pregunto?- a lo que respondí, en otras palabras:

-De la forma menos rara posible.

-Señor, le queremos hacer una pregunta, ¿en este lugar ha muerto alguien?

Los muchachos se quedaron mirando con asombro y se reían desde la mesa. Estaban frente a frente y no alcanzaba a oír lo que hablaban. Antes de estar ahí parada, junto a mi amiga haciendo preguntas extrañas, estábamos hablando de las experiencias del día anterior. Uno de los muchachos y yo habíamos salido tarde del trabajo, y el otro amigo junto a Ingrid habrían compartido con algunos de nuestros amigos en común.

Además, hablamos de lo oportuno que fue encontrar aquel lugar, pues sin importar la lluvia nos habíamos quedado en el alumbrado tomándonos fotos. Nos estábamos riendo del cabello rebelde de Ingrid, que se tomó la libertad de desorganizarse al estar bajo la lluvia, en definitiva ella tiene discusiones serias con la peineta. Puedo decir que hablamos de tantas cosas, tan triviales y profundas en sí mismas, que me sentí en familia.

Hace dos años llegué a Cali y no tuve la oportunidad de ir a mi tierra natal esta navidad, Ibagué, la ciudad que me vio crecer. Entre las risas, las chanzas y una que otra historia, fui la última en terminar el café, que de por sí no me gusta mucho. Ahí entendí el verdadero aroma de una taza de café, que acoge y que une.

Después de todo me encontraba, esa noche, 25 de diciembre, parada frente a un hombre de pelo negro, tez morena y estatura media, cuestionando lo que mi amiga había sentido. El tipo miró con una expresión de extrañeza y en tanto sirve un café nos responde:

-No, aquí no ha muerto nadie.

-Gracias, solo queríamos saber, es que ahora no sé por qué sentí eso- dijo Ingrid.

Al volver a la mesa, con ojos curiosos, preguntaron nuestros amigos al respecto. Y más allá de la respuesta y de la conversación que tuvimos en aquel café del Boulevard del río, pude entender que lo que el destino nos deparaba era estar en ese lugar compartiendo en familia, reconociendo al otro como un hermano así no sea de la misma sangre, en lugar de simplemente haber visto el alumbrado.

-Para mí, un café con dos cucharaditas de dulce por favor- Recordaba la ocasión, mientras veía al hombre de la camisa de cuadros en tonos de azules sentado al pie de dos jugadores de ajedrez, que dos o tres minutos después salía afanado del lugar.

One Response to "Una taza de café y dos cucharaditas de dulce"

  1. Dicson   marzo 27, 2018 at 6:25 pm

    Me encanta que aún se siga conservando esta práctica, de expresar lo que se vive, se siente por medio del lenguaje escrito, mis felicitaciones a Diana por tan buen trabajo.

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