Recuerdos a prueba de terremotos

La estudiante de Comunicación, Raixa Delgado Jaramillo, se reunió con su familia en Popayán a recordar el Jueves Santo de 1983 que cambió la vida de la "Ciudad blanca".

Foto Raixa Delgado Jaramillo

Por Raixa Delgado Jaramillo
Estudiante de Comunicación PUJ-Cali
Especial para CBN

Desde la sala de la casa de mi abuela, con sus seis hijos alrededor, recordamos cómo hace 35 años en esa misma sala se vino abajo su vajilla favorita, su nevera y la sopa de maíz que había preparado para el almuerzo de ese día.

Ubicada en la manzana 14 del barrio Tomas Cipriano de Mosquera, en Popayán, la vieja casita es testigo de miles de recuerdos de seis niños y de dos viejitos que no son capaces de abandonarla, pues fue la casa que los vio crecer y, según mi abuela, la única del barrio que sobrevivió el día en el que Popayán dejó de lado el reluciente blanco de sus centenarias fachadas para convertirse en una ciudad llena de escombros y miseria para más de 500 familias payanesas.

Semana Santa, Miércoles Santo de 1983. A las 6 p.m los hijos de Doña Rosario salían de su casa para ir a la procesión. “Estábamos los seis completos y ese día recochamos toda la procesión, quizá por eso Dios nos castigó al otro día” dice mi mamá.

Los seis hijos de Rosario llegaron de la procesión el Miércoles Santo y como solían hacer, de dos en dos, se fueron a sus habitaciones convencidos de que al otro día sería un Jueves Santo como muchos otros que ha vivido una ciudad llena de tradición. Lo que no sabían era que se avecinaba el desastroso acontecimiento que dividió la historia de La ciudad blanca en dos.

A las 8:15 del Jueves Santo, Alirio y Arturo, siendo los únicos hombres, dormían en el cuarto del fondo. Los dos aseguran haberse despertado no por el movimiento, sino por el estruendo tan horripilante que escucharon esa mañana. Pensaron que una volqueta había chocado contra la casa. Los dos se levantaron de inmediato a ver cómo estaban sus hermanas.

Foto Raixa Delgado Jaramillo

Por su parte, Claudia y Nancy, dormían hasta que sus camas se partieron en dos, quedando las dos debajo y fue ahí cuando despertaron. “Ese día soñé que en la autopista había un poco de gente y llevaban todos ataúdes sobre sus hombros… Pasaban para abajo, y había un ataúd de terciopelo rojo que resaltaba de los demás… Ahí me desperté”, recuerda mi tía Nancy quien desde ese día le tiene miedo a sus propios sueños.

Mientras tanto, Judith y Jackeline habían despertado más temprano pero todavía estaban en su cuarto.

Mi mamá, Judith, había rogado a Dios que le mandara una prueba de su existencia, pues días antes su hermano mayor, Arturo, le había lavado el cerebro con su discurso marxista, por lo que mi mamá empezaba a dudar de la existencia del creador.  “Ese día me levanté, le pedí a Dios que me mandara una señal y el temblor comenzó”, dijo mi mamá, asegurando que desde ese día no ha perdido la fe.

Finalmente, Julio y Rosario decidieron quedarse acostados en la cama mientras esta se movía de un lado a otro, pensando que sólo era un simple temblor.

Cuando terminó el supuesto temblor, los ocho salieron al antejardín y se encontraron con que medio Popayán se había venido abajo.

Lo primero que vieron y que aún todos recuerdan aterrados, fue a la esposa de su vecino, el señor Ángulo, quien salió de los escombros clamando por ayuda y con los últimos tres dedos de su mano pendiendo de un fino hilo, todos quedaron inmóviles ante dicha situación.

Removiendo escombros

Totalmente aterrados, los primeros en reaccionar fueron los hombres de la casa, quienes se dirigieron rápidamente a parar carros para que transportaran la mayor cantidad de heridos posible, mientras que ellas sólo imaginaban cómo en 18 segundos la vida de tantas personas se pudo acabar.

Foto tomada de elpayanes.wordpress.com

Fueron unos minutos nada más en los que Judith sólo escuchaba lamentos y gritos de ayuda, personas sepultadas bajo escombros recuperando sus últimos alientos para dar cuenta que seguían con vida. La impotencia se adueñaba de ella por lo que decidió irse con Don Julio en su volqueta a levantar escombros, mientras su mamá calmaba a sus hermanas.

Empezaron entonces a recorrer las calles de la ciudad. Se respiraba angustia y miseria. Sólo se veían personas desesperadas por encontrar a sus familiares, hombres transportando de un lado a otro heridos en camillas improvisadas y niños llorando inconsolables por encontrar a sus madres.

Donde encontraban escombros, la volqueta de Julio iba removiéndolos con cuidado por si se encontraba a alguien con vida. No habían tenido éxito, pues según mi mamá, llegaron demasiado tarde.

Sin embargo, miles de imágenes quedaron plasmadas en la mente de esa niña de 15 años que intentó salvar vidas con su padrastro tras la destrucción de su ciudad. Judith nunca olvida a la empleada del servicio que había durado horas sepultada. Cuando levantaron la pared que tenía encima, la mujer estaba totalmente aplastada, con la plancha de la ropa en la mano, como si el terremoto la hubiera tomado tan desprevenida que no fue consciente ni de su propia muerte.

Por otro lado, Los Bloques de Pubenza, un famoso edificio de la ciudad, Judith lo recuerda como una caja aplastada. El inmueble de 6 pisos terminó siendo de un solo piso, sin dejar sobrevivientes.

Siguiendo con el estremecedor recorrido por la ciudad, el centro, que un día fue de un blanco reluciente, en esos momentos sólo era una pila de escombros. El aire se tornaba gris por el polvo de las estructuras destruidas.

Devoción y muerte en La Catedral

Al ser Jueves Santo, los payaneses más devotos y seguidores de la tradición se dirigían a la iglesia más bella de la ciudad, La catedral. Además, allí se encontraban algunos pasos de la procesión de ese día. Muchas personas madrugaron ese jueves 31 de marzo a recibir la Comunión. El techo completo de la edificación se desplomó y acabó de un tajo con la vida de 90 personas, siendo esta la mayor pérdida que dejó el terremoto del 83. Hasta el día de hoy es totalmente increíble el hecho de que la iglesia más bella y concurrida de la ciudad se viniera abajo en segundos y acabara con tantas vidas.

Foto de Luis H. Ledezma tomada del libro “Popayán 18 segundos”, de Jaime Paredes Pardo

En el hospital la situación era totalmente devastadora, pues había hileras de cadáveres por todo el piso mientras sus familiares trataban de identificarlos. De estos cadáveres también existe uno que hasta el sol de hoy mi mamá nunca olvida y era una madre con su bebé en brazos dándole seno, totalmente aplastados.

Mi mamá plasma estas imágenes como si fueran dibujos, pues las personas quedaban aplastadas. Por la parte de abajo se le salían todos los órganos, mientras que por la parte de arriba se veían como pinturas sin ninguna imperfección.

Mientras esto ocurría, en el cementerio central, los muertos se salieron de sus tumbas, pues el terremoto había causado que las bóvedas se abrieran y los cadáveres salieran de la paz en la que se encontraban. Finalmente tuvieron que crear fosas comunes para todos estos cuerpos.

Todo ese día pasó muy rápido. Para muchos parecía todo como si fuera un sueño. Al llegar la noche, el gobierno alemán así como los de otros países habían enviado ayudas para las familias afectadas. Llegaron unas carpas súper finas y grandes. Cada familia cabía sin problema en una de ellas, pues nadie quería entrar a dormir a las casas temiendo las posibles replicas del terremoto… Popayán pasó la noche más silenciosa y triste de toda su historia.

¿Castigo divino?

Muchos dicen que el terremoto fue un castigo divino, pues no se estaba cumpliendo con la tradición religiosa de la ciudad y por esto Dios mandó una advertencia para que se respetara y mantuviera la devoción.

Por otro lado, la versión de mi abuela y de muchos devotos es que hace mucho tiempo un padre plantó una cruz en una loma, un símbolo religioso, pero con una maldición hacia la ciudad, la cual se basaba en que si esa cruz se llegaba a caer algún día, Popayán se destruiría en segundos, muchos dicen que esta fue la causa ya que dicha cruz ese día cayó y por ende Popayán terminó en ruinas.

“Mi casa no se cayó gracias al sagrado corazón de Jesús”, dice mi abuela que agradece infinitamente no haber perdido a ninguno de sus hijos.

La tarde concluyó. Nostálgicos por los recuerdos de aquella fecha, nos levantamos un poco hambrientos y listos para compartir la deliciosa sopa de maíz de mi abuela, la misma sopa que se derramó el 31 de marzo de 1983.

Foto Raixa Delgado Jaramillo

2 Responses to "Recuerdos a prueba de terremotos"

  1. Natalia Gómez   marzo 26, 2018 at 12:02 am

    ¡Muy buena crónica! Me transportó al año en la ciudad.

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  2. Diana Arce   abril 7, 2018 at 2:55 am

    ¡Me encantó! Las imágenes que se crean a través de la palabra… Indescriptibles.

    Responder

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