La Cali de antes que encantaba y hacía soñar

Cada época tiene su encanto. Los recuerdos que quedan nos permiten mirar con gracia quienes éramos y que hacíamos en otros tiempos. Ese ejercicio lo hizo Martha Pinilla Charry y la reportera de CBN, Lina Marcela Rodríguez, quien construyó el relato en primera persona. Es un fascinante viaje al pasado.

Foto Puente Ortiz
Foto en el Puente Ortiz

Mi primera memoria es de un río cristalino y abundante, en el que podíamos escuchar el caudal y oler la tierra mezclada con las hojas mojadas. Para ir al río Cali solíamos caminar por la loma y cuando llegábamos, nos dábamos un chapuzón en agua fría. Hasta Chato nadaba allí.

Muchos de nuestros paseos familiares de fin de semana fueron en el Río Cali por los lados del Zoológico, y en el Río Aguacatal. Para ir al Río Aguacatal pasábamos por las Minas del Cerro de las Tres Cruces. En esas minas jugábamos al Eco, era fantástico escucharse uno mismo: “holaaa…holaaa, mamaaa, mamaaaa”, podíamos pasar horas enteras allí escuchando el eco de nuestras voces.

Otro gran paseo de fin de semana era ir al Centro de Cali, uno se iba muy bonito, con la pinta dominguera. En ese tiempo los domingos eran días para estar bien arregladito y salir, no para estar descachalandrado o haciendo locha todo el día.

Foto familiar con Chato
Foto familiar con Chato

El comercio grande se movía en el centro y como no había centros comerciales entonces el Centro mandaba la parada. La ida al centro me encantaba porque incluía un delicioso jugo con una buena ñapa. Mi jugo favorito era el de mango y el de guanábana, pero todo el mundo le hacía fila al “Jugo del amor prohibido” en Cali.

 

Foto Sup izq: Plaza Caicedo, Inf izq: Monumento a las ciudades confederadas y derecha: La Ermita
Foto Sup izq: Plaza Caicedo, Inf izq: Monumento a las ciudades confederadas y derecha: La Ermita

Recuerdo que mis padres a veces dejaban la puerta de la casa abierta asi que Chato y los otros perros de la cuadra salían cuando querían, y varios niños del barrio íbamos caminando al colegio, especialmente cuando la ruta 4 del Gris San Fernando estaba a reventar. Pero a veces tomábamos el bus, todos hacíamos fila y los hombres cedían puesto las mujeres.

Cuando nos pegábamos las caminatas hasta el colegio, Chato nos acompañaba, hasta la Portada al Mar, y se devolvía solito hasta la casa.

Yo disfruté mucho de las caminatas por la Avenida Colombia, de los árboles y el parloteo de los pájaros, la fresca brisa de las tardes, las calles limpias y bonitas. En ese punto se veían las lomas verdes, parte de los farallones que se imponían al atardecer, y las siluetas de los árboles. 

Mi papá decía que el sol amarillo del atardecer era el sol de los venados. Aquel sol se veía bien al oeste, atrás de la montaña, entonces era todo un deleite ver el contraste amarillo del sol, con las montañas verdes y los puntos blancos que eran las vacas.

Es de resaltar que había más casas, los edificios de apartamentos eran escasos y los edificios altos estaban únicamente en el centro y no tenían más de diez pisos. Era prohibido construir en los cerros.

Por otra parte, bien al nororiente estaba Alfonso López y la gente le decía “Alfonso lejos” porque era el barrio más lejos de Cali, cerca a Juanchito. Hacia la calle primera en el norte todo eran lotes, y uno veía vacas. Por el sur estaba Ciudad Jardín en donde había muchas fincas, era considerado las afueras de la ciudad.

Otro sitio reconocido y emblemático, era la Avenida Sexta, conocida como la zona rosa de la ciudad. Allí había restaurantes lujosos y varios griles, el sueño de los jóvenes era ir allí y bailar toda la noche.

En esa época los domingos también eran para ir a la Terminal de Cali. Lo mejor de la Terminal eran las escaleras eléctricas, las cuales eran las primeras en la ciudad. Los niños éramos los más felices. Subir por aquellas escaleras era todo un cuento para nosotros, como toda una atracción mecánica.

Al lado de la Terminal estaba el tren y era común el paseo a Buga en tren. También se podía ir a Buenaventura, la Cumbre y el norte del Valle. La mayoría de personas tomaban el tren porque era seguro y más barato que el bus.

También me acuerdo que en ese tiempo la moda era tener un teléfono y un televisor. Nosotros teníamos de esos teléfonos negros, los de ruedita que eran pesadísimos y sonaban durísimo. Los televisores eran como un mueble grandote. Las pocas familias que lograban tener su televisor se convertían en los más famosos de la cuadra, entonces los niños que no tenían tele pagaban 5 centavos para ir a ver los programas de esa época.

A mí me encantaba ver el programa Naturalia, porque veía el fondo del mar, y después me iba a soñar, uno se imaginaba muchas cosas bonitas. También veíamos la novela Esmeralda, todo el mundo corría a vérsela.

Pero antes de la moda del televisor nosotros escuchábamos Kalimán por la radio, y uno se lo imaginaba “serenidad y paciencia Solín, mucha paciencia”, entonces Kalimán peleaba, Kalimán defendía, y Solín se desesperaba. Uno llegaba corriendo de la escuela a escuchar los Cuentos de Farina, esos cuenticos de Caperucita Roja, la Cenicienta, la Bella y la Bestia

Había otro programa de radio que se llamaba La ley contra el hampa, y nos daba mucho susto porque allí relataban casos en los que mataban a alguien o lo robaban. Sonaban los grillos, que se asociaban con la noche y el peligro, y una puerta cerrándose que generaba suspenso, la sirena de un carro de policía. Ese programa era terrorífico por el solo hecho de pensar que eso te podría suceder.

También íbamos mucho a los teatros de cine. Era toda una nota ir al cine Bolivar. Había varios teatros como el Calima, Aristi, México, San Fernando, Los cinemas, entre otros.

Después el boom fue conseguir Tv a color y posteriormente tener un Betamax. Esa fue la época difícil para los teatros, ya que ir a cine se convirtió en un “oso”, entonces la gente dejo de ir a cine, los teatros como el Calima y México, dejaron de existir.

Una de mis temporadas favoritas fue la navidad pues se arreglaban las cuadras, se pintaban las calles, se hacían sancochos entre los vecinos y había un compartir grande.

La cabalgata era un evento de caché. Participaba el alcalde, prestigiosos periodistas, ganaderos, familias adineradas, las reinas de belleza de toda Latinoamérica y algunos artistas de Bogotá. En esa época ver un artista de Bogotá era una cosa de otro mundo, se pedía autógrafos y la gente babeaba viendo un extranjero porque eso solo se veía en la Tv.

El alumbrado era en el paseo de Bolívar y había un pesebre en el parque del acueducto de San Antonio que era visitado por miles de personas. Este fue el primer pesebre con bombillos que cambiaban de color, era el pesebre del Padre Hurtado Galvis.

La gente se reunía más que todo en las casas. Se ponía música disco, rock, salsa, y tropical en el tocadiscos. Nosotros nos reuníamos en la sala de la casa y bailábamos. La gente hacia las fiestas Agua e lulo en las tardes, y se tomaba muchísimo jugo de lulo.

La Cali de mi tiempo era una ciudad limpia, a mucha gente le gustaba venir de vacaciones, porque encontraban un lugar tranquilo con gente formal, sencilla y sobretodo muy amable.

Los caleños estaban hablando y moviéndose, por eso siempre relacionaban con la rumba, porque usted estaba en la calle, sonaba algún tema y la gente estaba contenta y bailando. Creo que le decían la sucursal del cielo, porque para algunos Cali era un pedacito del cielo, la ciudad de la gente alegre, la ciudad cívica de Colombia.

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