Hace tres papas que veo televisión

Un relato del paso del tiempo de la televisión vinculada a las tres visitas papales a Colombia.

Foto archivo Presidencia de la República
Foto archivo Presidencia de la República

Por Jorge Manrique Grisales
Director de Cali Buenas Noticias

Quizás a los ocho años, uno no tenga claro que es una visita papal. Lo único que recuerdo es que gracias a que el Papa Pablo VI vino a Colombia en 1968, mi papá decidió comprarnos un televisor.

Fue uno de los días más felices de mi vida. Vivíamos en Manizales y el prodigioso aparato llegó enguacalado en una gigastesca caja de madera a bordo de una camioneta procedente de Cartago, en el norte del Valle del Cauca. Se acabaron las caritas de pena con las que le pedíamos a doña Inés, una especie de “capo de la televisión de la cuadra”, que nos diera permiso para ver a Batman (me acordé del batimóvil de las redes sociales), Animalandia o Perdidos en el espacio.

Nuestro televisor era más grande y hasta tenía patas. Eramos entonces los nuevos reyes de la cuadra y mi mamá no perdió la oportunidad para montar un próspero negocio de venta de helados de maní. “Los dejo entrar a ver televisión pero traigan platica para que compren helados”, eran las bondadosas palabras con las que disimuladamente cobraba su gran generosidad a los que pedían permiso para instalarse frente a la caja mágica.

El asunto es que el televisor nos lo compraron para ver al Papa que llegaba a Bogotá. Mi papá era sargento de la Policía y por esos días le tocó prestar servicio de vigilancia en la capital con motivo del gran acontecimiento. Muy en el fondo queríamos verlo saludar al papa a través del televisor que nos regaló. Recuerdo que en un arrebato de entusiasmo, mi mamá juraba que lo vió cerca al Pontífice en una de las misas que ofició el ilustre visitante… De malas, no se habían inventado los equipos de grabación para recorrer una y otra vez las imágenes en busca de la figura paterna vestida de policía.

En blanco y negro vimos a Pablo VI al lado del presidente bajito y calvo que por esos días gobernaba a Colombia. Recuerdo que me llamaba la atención su capa un poco más gris y que después supe que era roja. Se vendían por esos días afiches y en los periódicos podíamos ver al Papa en color.

Juan Pablo II: Un papa impredecible

Dieciocho años después, en 1986, cuando tenía 26 años, llegó el segundo Papa a Colombia. Se trataba de Juan Pablo II, un polaco de rasgos duros y gran carisma internacional. Trabajaba como reportero en El Espectador y me asignaron el puerto de Tumaco para cubrir la visita pastoral.

Foto Wikimedia
Foto Wikimedia

Recuerdo los cerros de información que la Nunciatura Apostólica nos entregó un día antes del arribo del Pontífice al puerto nariñense con un sello gigante que decía “embargado”. No podíamos publicar nada hasta cuando el Papa terminara sus discursos. Allí estaba todo.

Mis colegas de la televisión lidiaban con cámaras y casseteras pesadísimas. Lo vivíamos todo en vivo como cuando el Papa, ya rumbo al aeropuerto, se desvió de la ruta y entró a dos humildes viviendas ante el asombro de sus ocupantes. 

Horas después en el aeropuerto de Cali, cuando esperábamos el vuelo de regreso a Bogotá, vimos en los noticieros de televisión el corre corre que vivimos horas antes con un Papa impredecible. Esta vez vi al Papa a todo color

Francisco alegre

Tuvieron que pasar otros 31 años para verme a mí mismo frente al televisor de mi sala en Cali observando a un hombre simpático vestido de blanco quedar atorado en medio de un río humano que se instaló a su paso por la calle 26 de Bogotá. Francisco había llegado sin adornos pontificiales ni la parafernalia de los Papas de antes.

La interacción permanente con niños, niñas y jóvenes fue una constante en el primer día del Santo Padre en Colombia / Foto Nelson Cárdenas /Presidencia de la República
La interacción permanente con niños, niñas y jóvenes fue una constante en el primer día del Papa Francisco en Colombia / Foto Nelson Cárdenas /Presidencia de la República

Pareciera que le interesara que la gente lo tocara, lo saludara, le contara cosas. Hasta se caló una ruana y puso a repetir a los jóvenes que lo esperaban en la Nunciatura sus palabras: “No hay que perder la alegría ni la esperanza”.

Un hombre carismático, sin asomos de preocupación por el huracán que desató a su llegada. Y ahí estaba la televisión, esa que estoy escuchando al momento de escribir esta nota y que repite una y otra vez las imágenes  del Papa, los cantos de los niños y la emoción desbordada de los bogotanos.

Mi tele de hoy no tiene patas como aquella de hace 49 años. Hoy la puedo programar y puedo ver cuantas veces quiera la llegada del Papa Francisco pues por allí me puedo meter a Youtube, a los canales internacionales o poner a grabar los programas.

Mi papá, ese que nos compró el primer televisor, a sus 89 años hoy no puede ver al Papa Francisco. Sus ojos no responde a los estímulos del mundo visible. Aún vive en Manizales y seguramente escuchó toda la transmisión. Quizás no recuerda que nos hizo un gran regalo y todo porque un Papa venía por primera vez a Colombia.

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