El HUV comenzó en medio de una tragedia

La enfermera Carmen Sierra recuerda la noche de espanto cuando estallaron seis camiones de dinamita en la Estación del Ferrocarril, afectando 32 manzanas de lo que en esa época era Cali. Para ella recién comenzaba su trabajo en el Hospital Universitario del Valle que aún estaba en construcción.

La enfermera Carmen Sierra, cuando apenas comenzaba a funcionar el HUV en 1956 (Foto Archivo Particular).

Por Daniel A. Camargo G.
Nathalia A. Henao G.
Estudiante de Comunicación PUJ-Cali

Las balas del oxígeno se daban golpes y el estruendo fue tan grande que parecía como si el mundo se estuviera acabando. Un temblor sacudió el lugar y todos pensaron “se va a caer el hospital, bendíganse porque se va a caer el hospital”

90 años de historias guarda Carmen Sierra y hoy recuerda con lágrimas en los ojos la experiencia más terrible que soportó como enfermera desde el Hospital Universitario del Valle (HUV). Este centro de salud había sido fundado el 22 de enero de 1956, y con su escasa preparación se vio obligado a atender a las víctimas de la explosión del 7 de agosto, una de las más grandes tragedias de Latinoamérica.

El hospital abrió sus puertas, todo estaba marchando a la perfección y paulatinamente desarrollándose para prestar sus servicios a todos los pacientes enfermos sin ningún condicionamiento. El 6 de agosto no fue la excepción, hasta que un estallido fuerte y ensordecedor a la 1:07 a. m. interrumpió con una terrible sacudida el turno que esta enfermera cubría.

La explosión conmocionó a pacientes, enfermeras, y a todos los presentes en la reciente construida estructura, provocando gritos y alaridos. En medio de un tumulto de gente que intentaba sostenerse y resguardarse como pudiera, se encontraba Carmen, quien en lo único que podía pensar era en rogarle a Dios que la guardara y la protegiera de todo mal.

El HUV en construcción /Foto Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca.

El temblor de 4.1 grados, según la escala de Ritcher, que había generado la explosión, hizo que muchos pacientes cayeran al piso y que se escuchara el estruendoso sonido de los insumos golpeando contra el piso, sumado al crepitar de las paredes que suspendió todas las intervenciones del personal a sus pacientes.

Frente algarabío nadie daba respuesta ni se conocía el origen de la convulsión, lo único que sabía Carmen era que debía ir al lugar del acontecimiento, acompañada de un grupo de 19 enfermeras.

Eran las tres de la mañana cuando la carrera segunda se convirtió en escenario del más trágico accidente en la historia de Cali. Todo estaba incendiado, habían muertos en el piso, niños, mujeres, hombres, cuerpos desnudos y pedazos de cuerpos, seis camiones cargados de 42 toneladas de dinamita habían explotado por razones desconocidas.

La confusión, la depresión, y sobretodo la muerte, abundaban en el ambiente, sin embargo, los socorristas, las enfermeras y los demás ayudantes, debían hacer su mayor esfuerzo por no afectarse por el sufrimiento de las demás personas y poder prestar el auxilio necesario.

 En medio del fuego y de una gran nube negra que hacía llover estacas y cenizas, recogían entre los escombros cuerpos de personas vivas que rápidamente eran trasladadas a todos los centros asistenciales, entre estos al HUV que no se encontraba aún adecuado para atender a la gran magnitud de víctimas.

Las ambulancias recogían, en su mayoría, cuerpos que eran trasladados al anfiteatro, ocupando así la máxima capacidad que tenía el espacio. Las posibilidades de ayuda de las enfermeras eran mínimas, pues frente a tanta aflicción la asistencia se resumía en aplicar inyecciones para tratar de disminuir el dolor de las quemaduras y de los impactos, tanto físicos como emocionales.

Los sonidos de los sollozos, el llanto y el desconsuelo de las víctimas se escuchaba en los pasillos del hospital que no daban a vasto, pues los heridos debían ser incluso atendidos en el piso, a pesar de la imposibilidad de conseguir insumos que los obligó a ingeniar rápidamente formas rústicas de garantizar el cuidado de los dolientes.

Tanto en las calles como en el hospital, el olor de la descomposición de los cuerpos permaneció durante varios días, al igual que las pesadillas de Carmen, quien era constantemente perseguida por la imagen de personas muertas que no pudo socorrer. Este acontecimiento generó tan gran depresión a esta enfermera que incluso después de 60 años de haberlo vivido hoy, lo recuerda con llanto. 

Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.