Los Olímpicos de 1972 en el recuerdo de Fabiola Agudelo

Los Juegos Olímpicos de 1972 dejaron huella en muchas personas. Una de ellas recordó con su nieto lo que pasó aquel verano en Alemania.

Foto El País/Comhistoria

Por Juan Pablo Restrepo
Estudiante de Comunicación PUJ Cali

Los Juegos Olímpicos tradicionalmente han sido fechas de gran importancia que capturan el interés del publico al rededor del planeta. Ponen como centro de atención a los miles de atletas de los distintos países compitiendo por el oro, en sus diferentes y complejas disciplinas. Es un escenario que, a pesar de la inminente rivalidad entre naciones, tiene como protagonista un único mensaje: confraternidad y paz para todos los pueblos.

Sin embargo, en los Juegos Olímpicos de 1972, celebrados en Munich, Alemania (la primera vez que se celebraban en el país germano desde 1936), un trágico acontecimiento marcaría la historia de este maravilloso evento para siempre. Terroristas palestinos pertenecientes al grupo “Septiembre Negro” secuestraron a once miembros del equipo olímpico israelí a quienes posteriormente asesinarían. Cinco de los ocho terroristas y un oficial de la policía alemana también murieron en aquella situación. La tragedia, que sería conocida posteriormente como “La Masacre de Munich”, fue transmitida por televisión a espectadores de todo el mundo.

Mi abuela, Fabiola Agudelo, cada cuatro años esperaba con ansias la realización de los juegos. Ella tenia 33 años cuando se inauguraban los juegos de 1972, y en los ratos libres que tenía cuando no estaba ocupada cuidando de mi madre y de mis tíos, se disponía a ver lo que fuese que estuviesen presentando en la televisión sobre los juegos.

Le encantaba ver a los atletas competir en la gran variedad de disciplinas que habían. Ella sentía una especial fascinación por el colombiano Helmut Bellingrodt y su destreza en el tiro al jabalí. Cuando el día primero de septiembre del 72 Bellingrodt logró conseguir la primer medalla olímpica en la historia para Colombia, los esfuerzos de mi abuela fueron inútiles para contener las lágrimas de emoción.

Tan solo cuatro días después, el motivo de su llanto se transformaría de emoción a tristeza. El cinco de septiembre, cuando la masacre tuvo lugar, ella expresa que no podía apartarse del televisor e, increíblemente, por unas cuantas horas no le importó qué estuviesen haciendo los niños. Ella no podía dejar de ver, a través de ese antiguo televisor de tubos, aquel evento generador de conmoción.“¡Qué tal que un hijo mío estuviese por allá y se lo maten a uno!”, me decía con exaltación.

Ella se impresionó mucho con la manera de proceder del Comité Olímpico ante tal tragedia y la rapidez con la que las personas olvidamos. Solo un día de eventos fue cancelado, pero después los Juegos siguieron con total normalidad, como si nada hubiese pasado.

El Comité Olímpico sufrió muchas críticas y aquellas olimpiadas en las que Colombia conquistó su primer podio, pasaron a la historia como los juegos más trágicos que ha visto el mundo.

Mi abuela aclara que a pesar de las calamidades vividas ese día, su emoción por los Juegos Olímpicos aún se mantiene. Ella ama vivir los triunfos de nuestro país al lado de su familia. Sin embargo, desde ese verano del 72, ella teme que en una próxima entrega de los juegos, un suceso así se repita. Comenta que, en la pasada edición en Río de Janeiro, cada vez que veía los colosales estadios llenos sentía un poco de ansiedad, pues según ella “ahora anda mucho mas loco suelto, ¡que peligro!”

A partir del 72, los Juegos Olímpicos jamás serían percibidos con la misma sensación. Mi abuela a pesar de la fascinación que siente por los mismos, jamás volvió a ver este evento sin sentir un escalofrío.

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