“Si algún día me ves llorar, que sea de felicidad”, canta Enrique, víctima de desplazamiento

Enrique Angulo le presta su voz y su talento a la paz y al perdón. Es desplazado del Naya, en el Pacífico Colombiano. Cantando, cuenta su historia.

Especial de la Unidad para las Víctimas

Foto Unidad para las Víctimas

“Estoy dispuesto a darlo todo por la paz

Después que sea por mí y por tu felicidad

Estoy dispuesto a amar y a perdonar

Es triste mirar sangre derramar”.   

Esta es una confesión hecha canción. Un testimonio musical de lo que significa sobrevivir a la guerra y negarse a entregarle a ella el corazón.

Enrique Angulo, víctima del desplazamiento del corregimiento del Naya, en el Pacífico colombiano, decidió, como deja en evidencia la letra de su composición, que su voz le haría honor a la resistencia y al amor.

No se trata de olvidar lo que pasó, “eso no se puede, ni se debe. Se trata de transformar, de no vivir para el odio”

Enrique no ve bien, calcula que ahora tiene un poco menos de la mitad de la capacidad de este sentido. Por eso camina con precaución y afina el oído para detectar a quienes se le acercan. Recordar lo que pasó con sus ojos es uno de los caminos para hacer memoria de su historia.

Era apenas un adolescente que disfrutaba de la vida en la playa cuando los paramilitares cambiaron el curso de las cosas en el corregimiento del Naya, en el Pacífico colombiano. “Hasta antes de que esa gente llegara éramos casi todos campesinos o pescadores. La papachina, el chontaduro y la caña nos daban para vivir tranquilos”, relata.

Cuenta Enrique que en la Semana Santa del 2001 el terror se metió por todos rincones del caserío, que los ‘paras’ mataron gente, irrumpieron en las casas y sacaron a todo el pueblo literalmente corriendo.

En esa carrera por la vida, en uno de los momentos de la huida, dice, se cayó en una zanja, se golpeó y hubo personas que le pasaron por encima. “Algo pasó con ese golpe porque además del dolor a partir de allí comencé a sentirme mal, ahí arrancó mi problema con la vista, poco a poco la he ido perdiendo y me han dicho los médicos que fue por ese tiestazo”.

Con muchos de sus vecinos y familiares llegó al casco urbano de Buenaventura. Lo acompañaba siempre la nostalgia por su pueblo, por el fútbol que jugaba descalzo en la arena y por las serenatas que aprendió a cantar pegado de una guitarra “robada”.

Pero la vida en Buenaventura era otra cosa. “Para uno que viene de la selva, el Puerto es puro cemento, es gris, hasta el mar es otro. Allí viví hasta el 2014 cuando me tuve que desplazar porque los grupos ilegales de los barrios nos cobraban ´impuesto´ por todo y así no se podía seguir. Fui a parar a Cali”.

En esa ciudad se encontró con Eliodoro Angulo, uno de sus primos. Elio, como le dice la mayoría, también había salido del Naya en el 2001 y rodado por varias partes buscando reconstruir la vida. En el casco urbano de Buenaventura vivió de la explotación de la madera, hasta que las extorsiones lo desesperaron y cogió camino hacia Cali. En la capital del Valle hoy vive de la construcción. 

“También me ha gustado la música, recordar mis raíces a través de los sonidos. Encontrarme con Enrique fue muy lindo porque era compartir entre los dos la nostalgia y el placer por el arte”, cuenta.

Entonces, un día cualquiera en compañía de su primo, jugueteando con la guitarra Enrique comienza a cantar de la guerra, del perdón, de llorar de felicidad. “Así nació ‘Estoy dispuesto a darlo todo por la paz’. Es una canción que habla de nuestro pasado, del hoy y de lo que queremos que sea el futuro. ¿Para qué quedarnos en el rencor por eso que nos pasó? Eso es malo para el que lo siente, uno es el que se afecta. Yo quiero invitar al perdón”, dice el muchacho, hoy de 29 años y padre de José David, de cuatro meses.

Enrique ha sobrevivido en Cali cantando en los buses, tocado el bajo o la guitarra por épocas en grupos como Calirumba Orquesta, o con los Gavilanes del Norte (de música norteña). Ha vendido fruta en la calle y experimentado ‘el rebusque’ con todas sus letras, pues conseguir trabajo con su problema de visión es una tarea difícil.

Con Elio conforman el grupo Sonitalet (sonido y talento), pero dicen que están en la búsqueda de otro nombre “más comercial”. Eliodoro sueña con capacitarse y poder servirle a otras víctimas del conflicto para “que sean agentes de su propio desarrollo”. Enrique sueña con vivir de la música y  con llevar su mensaje de reconciliación mucho más allá de su barrio, Llano Verde.

Su canción resume sus anhelos: “Si algún día me ves llorar, que sea de felicidad”.

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